El emotivo discurso de nuestra Primera Paleontóloga
Camila Coleta, primera Licenciada en Paleontología de la Universidad Nacional de los Comechingones habló por todos y todas las egresadas en el acto de colación. Debajo, el discurso completo.
Buenas tardes a todas las personas presentes.
Es un honor enorme estar hoy acá, representando a esta nueva camada de egresadas y egresados de la Universidad Nacional de los Comechingones. Una universidad profundamente comprometida con su comunidad, llena de sentido e identidad, que honra con su nombre a los pueblos originarios que habitaron y habitan este territorio, y que nos recuerda que todo conocimiento tiene raíces y memoria.
Cuando pensamos en la UNLC pensamos en un proyecto colectivo. Una universidad que no nació de la nada, sino de un sueño persistente: que en estas sierras la educación pública creciera, se fortaleciera y echara raíces. Y lo hizo. Creció entre aulas nuevas, libros compartidos y laboratorios que se levantaron paso a paso.
Y creo que hoy hablo por muchas personas cuando digo que esta universidad nos acogió a todos: a quienes crecieron en estas sierras y a quienes llegamos desde lejos, con dudas y miedos, pero con entusiasmo por estudiar lo que amamos.
Hoy nos miro y veo un grupo de personas que estudiaron a contramano de la vida: con trabajos paralelos, madrugadas sin dormir, kilómetros de distancia, responsabilidades familiares y esos problemas silenciosos que cada uno carga. Y aun así, hoy aca estamos. Llegamos porque creímos que valía la pena.
Este logro no es individual. A lo largo de estos años nos acompañó el trabajo de un montón de personas que hicieron que estar acá hoy fuera posible. Por eso queremos agradecer profundamente:
A quienes sostienen lo cotidiano de nuestra vida universitaria, a los nodocentes, que siempre están ahí cuando algo no funciona, cuando necesitamos un papel urgente, cuando no entendíamos un trámite o simplemente necesitamos a alguien que nos diga “quédate tranqui, lo resolvemos”.
A nuestros docentes, quienes durante estos años pusieron de su energía y paciencia para enseñarnos todo lo que sabemos hoy. Gracias por las clases, pero también por las charlas, los consejos, la comprensión y por hacernos sentir capaces incluso cuando dudamos de nosotros mismos.
Especialmente, agradecerle a Agustina, nuestra rectora. Su presencia constante, su escucha, su cercanía y su compromiso con la comunidad universitaria hicieron una diferencia enorme en nuestro recorrido. Tener una rectora que camina la Universidad, que pregunta y que acompaña, nos hizo sentir cuidados y valorados. Gracias por creer en esta Universidad y en quienes la habitamos.
Queremos agradecer también a nuestras familias y amistades, que bancaron nuestros silencios de estudio, nuestras alegrías y frustraciones. Gracias por sostenernos y por acompañarnos desde la cercanía o desde kilómetros, mediante un abrazo por videollamada.
A nuestros compañeros y compañeras: gracias por recorrer este camino codo a codo.
En estos años aprendimos fórmulas, métodos, nombres, fechas y teorías. Pero lo que realmente nos transformó fueron las experiencias, los litros de mates que se enfriaban mientras intentábamos entender un texto, y que no importaba ya si estaban lavados, los grupos de estudio que empezaban siendo un espacio académico y terminan siendo un refugio emocional, donde uno pasaba de analizar un concepto a hacer catarsis y analizar la vida entera. Los lugares que conocimos por viajes de estudio, las amistades que nacieron en los pasillos. Las crisis existenciales compartidas, El ‘me quiero dedicar a esto toda mi vida’ y el ‘¿por qué estoy haciendo esto?’ en la misma semana.
Y claro: las pasiones nuevas que descubrimos sin buscarlas.
Porque la Universidad también es asi, tiene esa magia: te desarma, te encuentra y te vuelve a armar.
La Universidad Nacional de los comechingones nos enseñó que la educación pública no es solo una herramienta: es una forma de mirar al mundo. Nos enseñó a tener pensamiento crítico, a no naturalizar las injusticias, a cuidar el medio ambiente, a respetar el conocimiento y la diversidad, a valorar nuestras raíces y a construir un futuro desde el territorio, para el territorio.
Y por eso, hoy, más que nunca, tenemos que recordar: la educación pública es mucho más que una política, es una conquista histórica de nuestro país. Es la que abrió puertas hace más de un siglo y permitió que hijos e hijas de trabajadores se convirtieran en científicos, docentes, escritores, médicos e investigadores. La que sostuvo a la Argentina en sus crisis. La que formó generaciones cuando todo alrededor parecía caerse.
Hoy esa conquista está siendo cuestionada, puesta a prueba, recortada y a veces directamente despreciadas. Y sin embargo seguimos acá, seguimos de pie. Porque si hoy podemos soñar con dedicarnos a lo que amamos es porque hubo un país que decidió que estudiar debía ser un derecho y no un privilegio.
Por eso hoy además de festejar, también recordamos que la educación pública gratuita, inclusiva, laica y de calidad se defiende. Y no solo se defiende: se honra, se cuida y se sostiene con nuestro trabajo y con nuestras decisiones. Lo que aprendimos acá no se queda en las aulas: se vuelve acción, proyecto y compromiso. Por la patria, que como dijo Mariano Moreno “De donde partir es imposible, donde permanecer es necesario, donde nunca se está solo, donde cualquier umbral es la morada, donde se quiere arar y criar a un hijo, allí donde se quiere morir, allí está la patria”.
Somos parte de una generación que estudió en medio de incertidumbres, en un contexto lleno de cambios políticos y sociales. Y lo logramos igual. Porque el título que recibimos no es solo un papel: es la prueba de que pudimos. De que cuando la educación pública abre sus puertas, transforma vidas.
Que este título sea un compromiso con nosotros mismos, con nuestra comunidad y con nuestro territorio.
Hoy no termina nuestro camino. Hoy empieza. Y empieza con la responsabilidad de devolverle al mundo, con ética, trabajo y amor por nuestro pais, todo lo que la universidad pública nos dio.
Muchas gracias.

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